Inicio Crítica literaria Edad Media Algunas notas sobre la enfermedad y la muerte en la Edad Media
Algunas notas sobre la enfermedad y la muerte en la Edad Media PDF Imprimir E-mail
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Literatura - Edad Media

Publicado por Pilar Cabanes en Espéculo nº 31

A lo largo de la historia, la muerte ha sido una de las preocupaciones esenciales del hombre. Todas las culturas del mundo han elaborado ideas, creencias, supersticiones, sobre este ineludible destino de la condición humana. Nuestro estudio se centrará, básicamente, en la visión del hombre medieval cristiano. La concepción que tenía éste sobre su cuerpo, sobre los procesos que en él ocurrían difiere notablemente de la que podemos tener hoy. En una sociedad teocéntrica, como la del medievo, el cuerpo era considerado una envoltura efímera, intrascendente, que encubría el verdadero tesoro que daba razón de ser al individuo, esto es, el alma. La vida no tenía, pues, pleno valor en sí misma, sino como medio de acceder a realidades superiores. A menudo, era representada como un camino o un viaje, cuyas dificultades podían ser paliadas con valor, fuerza de corazón y, por encima de todo, con el cumplimiento de las reglas éticas del buen cristiano. En la jerarquía de méritos de éste, la virginidad femenina y el ascetismo masculino se colocaban en las esferas más altas, constituyéndose como el ideal.

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Para la persona creyente, la adscripción a este modelo de vida le aseguraba un lugar en el reino de los cielos. De esta manera, la defunción no suponía el final de la existencia, sino una puerta a la vida espiritual en la eternidad Paraíso, si se había vivido de una manera virtuosa; o del Infierno, si se había tenido un comportamiento pecaminoso. Esta representación de la muerte como salvación tenía su más importante modelo en la figura de Jesucristo. El cristiano medieval tenía profundamente arraigada la idea de que el hijo de Dios redimió al mundo del pecado original entregando su propia vida, en un acto de generosidad y amor incondicional. La muerte en la cruz suponía para él un signo de vida, de liberación, de victoria sobre el mal. Pero podemos preguntarnos si entendía y se cuestionaba las doctrinas del Cristianismo o las aceptaba sin someterlas a discusión. Pensamos que el grado de comprensión y reflexión variaba en base a la inteligencia y a la cultura de cada uno. Así, los creyentes iletrados tendrían una mayor dificultad para acceder a los dogmas de la religión católica que exigieran una lógica más compleja. Esta ignorancia fue utilizada por la Iglesia para ejercer su control psicológico. Y es que el hecho de que no se comprendieran las doctrinas evitaba que pudieran cuestionarse razonadamente. Así, la fe encubría, la mayor parte de la veces, un profundo desconocimiento. Pero esta concepción religiosa de la vida y de la muerte, a partir del siglo XIV y sobre todo en el XV, fue cediendo paso a otra más profana, fundada en la fe en la vida y la exaltación de la dignidad humana. Por otra parte, las terribles epidemias pestíferas que por estas fechas asolaron a Europa, supusieron un avance en la toma de conciencia de la muerte. Discursos religiosos, representaciones escénicas, pintura y literatura se pusieron de acuerdo para ofrecer su particular visión del final de la existencia física. Como apunta Rucquoi [1], frente a la resignación cristiana -imperante en el período anterior-, se impuso un sentimiento de angustia, de miedo ante la enfermedad, la muerte súbita, el enterramiento, el Juicio Final o el destino del muerto errante. Este pavor fue compartido por todos los miembros de la sociedad. Y hacemos esta matización porque no todos los individuos pudieron manifestar abiertamente su temor. El Soberano, elegido por Dios para gobernar los destinos de los hombres y vicario de Cristo en la tierra, no podía albergar ninguna duda sobre el Paraíso. Tampoco el religioso, propagador de la palabra del Creador en el mundo terrenal. Y es que, la expresión del miedo encubría cierta desconfianza, consciente o inconsciente, sobre el más allá. Exceptuando estos casos, el resto de la población [2] si hizo público su sentimiento de angustia ante la presencia de la muerte. Pero cada estamentosocial encontró diferentes formas de desprenderse o disminuir esta aflicción. Así, los estratos más altos de la sociedad hallaron en la fama una forma de vencer su desasosiego y, en cierta manera, a la misma muerte [3]. Esta búsqueda de la gloria terrenal, tan contraria al espíritu del Cristianismo, fue la representación más refinada y sutil del afecto por el mundo. Pero no pensemos que esta concepción profana y material de la vida y de la muerte suplantó a la tradicional. Como apunta Saugnieux [4], la revolución de mentalidades no llegó a desembocar en una nueva visión clara y diferenciada del mundo, sino en una situación conflictiva, en la que el peso de las convicciones religiosas y la autoridad de la Iglesia actuaron como freno a la expansión de aquélla. Podemos constatar estos sentimientos enfrentados en las obras de numerosos literatos del siglo XV. Un ejemplo ilustrativo lo hallamos en el Tratado de la Consolación de Enrique de Villena, claro exponente del compromiso entre la nueva actitud y la tradicional. Así, junto a las reflexiones sobre la brevedad de la vida, el menosprecio del mundo y la muerte como vía a una existencia más perfecta; contiene alusiones a la fama como auténtico patrimonio del hombre: