Inicio Crítica literaria Edad Media El suicidio de Melibea, esa fuerte fuerza de amor
El suicidio de Melibea, esa fuerte fuerza de amor PDF Imprimir E-mail
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Literatura - Edad Media

Publicado por P. Andrés en Espéculo nº 30

Sobre un fondo de vida atropellada, canalla, ruin, agresiva, pero hermosa de disfrutes, encarada y rebelde ante el voraz paso de la muerte, Rojas hace surgir la figura de Melibea, doncella guardada de la asechanza del mundo tras las tapias de su huerto, cuidada hasta el extremo por unos padres solícitos. Pertenece al mundo de los arraigados, bienaventurados de bienes materiales y seguridad de porvenir.

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El azar, halcón perseguido, lleva hasta su huerto a Calisto; ella no sabe aún del amor ni los deseos punzantes de aferrarse a otro cuerpo, anclaje en el mundo inconstante. Los padres la han reservado para la pureza virgen de la convivencia social, esa cultura inocua que ha desterrado impulsos esenciales del hombre, eros, el deseo, el turbión gratuito de la biología, construyendo en su lugar torres de tranquilidad, adormecidos sentidos, relaciones sociales productivas. Ellos quisieran que su hija no tuviera jamás sensualidad, sexualidad, permaneciera por siempre en el limbo de la infancia protegida. “¡Cómo! -dice la madre en una escena tardía-, ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres, si se casan o qué es casar? ¿O que del ayuntamiento de marido y muger se procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe deseo de lo que no conosce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar aún con el pensamiento?”.

Melibea ha sido educada para la beatitud pilarizada del matrimonio y el destino -destino de haber nacido en una clase social dada- encamina sus pasos hacia la homogeneidad de la vida comunitaria. “... que si alto o baxo de sangre -dice la madre- o feo o gentil de gesto le mandáremos tomar, aquello será su plazer, aquello avrá por bueno. Que yo se bien lo que tengo criado en mi guardada hija”(XVI, 539). Sin embargo en Melibea sucede lo inesperado, de repente el ansia de amor le ha crecido en el pecho, la sexualidad avasalla, y la joven, consciente de sí, su cuerpo y su derecho, se rebela de forma enérgica y valiente frente a su entorno, su circunstancia, sus límites. La naturaleza, selva oscura del placer, “Natura huye lo triste y apetece lo delectable” (I, 262), dirá Celestina, la empuja con su imperio antiguo y grande y Melibea se inicia por la peligrosa senda de la libertad. No importa que el objeto de la pasión, Calisto, sea digno o indigno frente a ella. Lo trascendental es que a través de las noches de placer con él, Melibea se siente mujer y anhela ser dueña de su destino, quiere sumergirse en las savias de vida, apurar el deseo de varón, resistir cualquier prohibición castradora de la libertad recién conquistada