Publicado por Pedro A. Cruz en Tonos Digital nº 7Toda evidencia constituye, por regla general, la consecuencia de una parálisis del pensamiento, de un enraizamiento de determinados supuestos o apriorismos que conlleva que todo aquello que, habitualmente, se considera como innegable y a salvo de cualquier proceso de interrogación aparezca, en rigor, como un hecho necesariamente cuestionable. No en vano, puede manifestarse que la obviedad suele ser la forma externa que adquiere lo oculto, aquello que todavía está por descubrir y que, a fuerza de haber sido depurado de cualquier elemento suceptible de ser considerado como “problemático”, ha terminado por convertirse en una presencia familiar, caracterizada por una transparencia que nada trasluce y que, por tanto, muy poco permite ver. Esta “opaca claridad” que distingue a los lugares comunes, y que no puede interpretarse más que como el resultado de una laxitud mental que hace de lo dado la profundidad máxima de lo cognoscible, viene a colación, en el presente contexto, en tanto en cuanto, a la hora de efectuarse la revisión de lo que se ha escrito y opinado en torno a las conexiones existentes entre la poesía de Luis Cernuda y las artes visuales, una conclusión que, sin exigentes esfuerzos, se deriva de inmediato es que los indicios aportados al respecto por la crítica parecen, prime facie, tan evidentes y aproblemáticos que, en verdad, y cuando se profundiza un poco más en la referida cuestión, es fácil percatarse de que los mismos no suponen sino la auténtica génesis del problema. Resulta habitual, en efecto, que la propensión de la obra cernudiana a vencer la distancia que separa la poesía de las artes visuales –pintura, escultura y cine, fundamentalmente- sea justificada mediante la anotación de una serie de hechos biográficos que no persiguen otro objetivo que subrayar la especial sensibilidad del autor sevillano hacia todos los dominios extrapoéticos precitados. Así –se es dado a recordar con frecuencia-, cuando Cernuda contaba catorce años y asistía al colegio de los Padres Escolapios, su -por entonces- profesor de retórica, Antonio López, le pidió que compusiese una décima, tras cuya corrección le aconsejó que, en futuras ocasiones, cuidara de insertar un “asidero plástico”, en el cual poder el lector encontrar un “anclaje visual” en el interior del poema. Años más tarde, y a consecuencia de su marcha a Madrid, visita, periódicamente, el Museo del Prado –sintiéndose atraído, de manera especial, por las obras de Poussin y Lorrain-, y asiste, con regularidad, a las salas de cine, en donde se familiariza con las grandes estrellas del periodo mudo. Acceder al artículo
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