Publicado por David Pujante en Tonos Digital nº 5Sería un engorroso asunto, y un fracaso anunciado desde los mismos comienzos de esta exposición, proponer, aquí y ahora, que voy a subsanar un error milenario perpetrado en el ámbito de la retórica, y que vengo a hacerlo en razón de haber sido el único en darme cuenta de una persistente malinterpretación secular del alcance de la operación dispositio dentro del conjunto de las artes retóricas que configuran la rhetorica recepta (tanto en los profundos y extensos tratados de Arístóteles, Cicerón, Quintiliano, etc., como en el conjunto de manuales de orientación escolar de autores griegos, latinos y posteriores). Sería ciertamente un atrevimiento por mi parte y una fanfarronada, en suma una actuación contra el decoro ante cualquier foro internacional de auditores o de lectores. Pero aunque una propuesta de tal tipo y calibre pueda ser un desacierto por mi parte, no parece tan descabellada la ocurrencia de que mucho (por no decir casi todo) de la doctrina retórica recibida por nosotros, hijos de Occidente, se debe a una reformulación realizada desde las bases de un pensamiento no retórico; es decir, llevada a cabo (como diría Stanley Fish) por el homo seriosus (el hombre filósofo), no por el homo rhetoricus. No debemos olvidar que todos los tratados y manuales que configuran el legado retórico sobre el que la tradición occidental ha construido su entendimiento de la retórica nacieron cuando la polémica entre sofistas y filósofos había llegado a su fin, con el triunfo de los filósofos. La polémica en la época clásica fue tan agria y tan sin cuartel que tanto para Platón como para Aristóteles resultó tarea primordial el corregir e incluso erradicar algunas de las más peligrosas perspectivas de los sofistas para con el pensamiento filosófico. Y no podemos olvidar que, en consecuencia, reahormado el pensamiento sofista (o retórico) por parte de algunos filósofos, gran parte de la tradición filosófica y retórica occidental (ya ambas unidas) es fruto de aquella erradicación. La polémica se había debido a un enfrentamiento entre modos radicalmente opuestos de entender el conocimiento; entre planteamientos radicalmente distintos ante la verdad; y la habían protagonizado hombres cuyos objetos de interés eran totalmente dispares. La cuestión básica, el relativismo. Frente a la búsqueda de las grandes verdades absolutas a que nos tiene acostumbrados el discurso filosófico tradicional, los sofistas quedaban voluntariamente anclados en el escenario de la polis, esto es en un tiempo y en un espacio concretos, donde se valían de dos parámetros fundamentales: los valores y el lenguaje. Los valores les permitían hacer por primera vez en la historia una teoría política, en relación con la relatividad de las costumbres sociales. Respecto al lenguaje, éste se constituía en el centro tanto de la reflexión gramatical como de la lógica y de la retórica. Si le añadimos a todo lo dicho el postulado democrático de que cualquier individuo tiene un instintivo sentido de la justicia y por tanto el derecho a ser escuchado, si así de esta manera admitimos el principio de igualdad entre todos los hombres, llegamos con facilidad al enunciado protagórico: “El hombre es la medida de todas las cosas” Acceder al artículo
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